sábado, 29 de marzo de 2025

Un apagón y una sociedad sin electricidad, ¿Una amenaza o una oportunidad para mejorar hábitos?

Ayer lunes, día 28 de abril, tuvo lugar un apagón generalizado en toda la península ibérica, lo cual causó un estado de pánico, confusión e incluso caos en la sociedad. Cuando ocurrió, yo me encontraba en la facultad, espacio en el que se respiraba un ambiente lleno de nerviosimo, miedo y comentarios angustiantes como "ya está aquí la guerra", "ya está aquí el fin del mundo" y similares. Y estoy completamente de acuerdo con esa última afirmación, pues lo fue, al menos para muchos/as. ¿Quién se imagina una sociedad tan digitalizada y tecnológica como la que tenemos hoy en día sin acceso a internet o sin cobertura? Exacto, era inimaginable, hasta ayer, cuando esto se convirtió en una realidad.

Por ello, me gustaría describir mi percepción acerca de lo sucedido y los cambios que pude observar, pues para mí fue un día lleno de reflexiones.

En primer lugar, el cambio más notorio que pude apreciar fue que las personas miraban hacia delante, miraban a otros individuos, en lugar de caminar de forma casi automática mientras se encuentran inmersos en los estímulos de un diminuto dispositivo rectangular. Y aunque podáis pensar que esto es totalmente insignificante, lo cual es lícito, para mí fue todo un hito, supongo que por la costumbre de desplazarme en el transporte público mientras 3/4 partes de los y las pasajeras se encuentran dedicando toda su atención al teléfono móvil. O quizá por acordarme de todas esas veces en las que he tenido que apartarme para evitar chocar con aquellas personas que caminan mientras no levantan la mirada del dispositivo.

En segundo lugar, otro de los detalles que me llamó la atención es que tras suspenderse las clases, como fue el caso de mi asignatura, para la cual utilizamos la tecnología como principal recurso, el césped de la facultad se llenó de jóvenes socializando y realizando actividades deportivas y lúdicas. Al volver al pueblo en el que vivo, la situación fue similar a la descrita. En las viviendas no había luz ni internet, por lo que observé que la gente se echó a las calles, desconocidos socializaban e interactuaban entre sí, las calles se llenaron de jóvenes y no tan jóvenes jugando, haciendo deporte, leyendo, bailando y similares. Además, las relaciones intergeneracionales que se dieron también me llamaron la atención. Concretamente, me encontré una peculiar situación: un grupo de adultos se encontraban jugando con unos jóvenes a realizar pases con una pelota. Se respiraba un ambiente feliz,, lleno de interacción y sobre todo, humano. Sin duda, Goleman se sentiría orgulloso.

Sin embargo, no todo fue tan bonito como lo he pintado, pues problemas hubo, y no precisamente pocos. El primero de ellos es que, al no disponer de cobertura o de internet, la comunicación con amigos/as y familiares resultó prácticamente imposible, hecho que creo que para los jóvenes fue todavía más impactante y perjudicial que para generaciones anteriores, o por lo menos es lo que pude observar en mi entorno más cercano. Fue ahí cuando me acordé de todas esas veces en las que mis progenitores me echan en cara que en su época no disponían de tales recursos y me cuentan que tenían que o bien acercarse a los domicilios de sus amigos/as o debían quedar previamente para días posteriores, lo cual me parecía una locura hasta que me tocó vivirlo ayer, a la hora de buscar a mis amigos/as por el campus.

Este acontecimiento sacó a relucir la innegable dependencia que tenemos, no por elección, sino porque nos encontramos en un mundo en el que todo está digitalizado, en el que la electricidad nos resulta imprescindible y en el que vivir sin dispositivos móviles es una anomalía que solo una pequeña minoría presenta. Además, también salió a flote la necesidad que presentamos de la electricidad, pues los semáforos dejaron de funcionar causando el caos en las grandes ciudades, los ascensores y los medios de transporte como el tren o el metro sufrieron averías y por ende, mucha gente quedó atrapada en ellos.

Al día siguiente, decidí trastear en la aplicación de Tik Tok para conocer las opiniones y percepciones de las personas en relación al apagón. Así pues, me encontré con todo tipo de sensaciones; grabaciones a multitudes socializando y realizando actividades lúdicas o deportivas, personas angustiadas por haber quedado atrapadas en lugares que requieren de electricidad o personas creando teorías conspiratorias acerca de lo sucedido. Sin embargo, hubo un vídeo que me causó especial interés. Una chica reflexionaba en torno a los beneficios personales, psicológicos y emocionales que le otorgó este acontecimiento y se propuso llevar a cabo un apagón semanal en el que prescindiera de dispositivos digitales e invirtiera ese tiempos en actividades más productivas. Esta iniciativa me resultó tan positiva que sin dudarlo la añadí a mi lista de propósitos.

Resulta evidente que esto es una gran desgracia en relación el impacto tan agravado que pudo suponer en en los colectivos más vulnerables, así como las personas de la tercera edad. Sin embargo, también pudo llevarnos atrás en el tiempo y trasladarnos a aquellos tiempos en los que los teléfonos móviles no nos tenían en un estado hipnótico y aún disfrutábamos de esa independencia que poco a poco estamos perdiendo, por lo que creo que convendría realizar una autorreflexión profunda en torno a cómo influyó en cada uno de nosotros y nosotras para saber así hacia dónde queremos ir a parar.

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